Primeros Días en Bangkok

Había alquilado un apartamento algo alejado del centro. Cerca del Chatuchak Market, el mercado más grande de Tailandia y uno de los más grandes del mundo. Llegar allí suponía agarrar el metro y andar unos 20 minutos o bien usar uno de los muchos motoristas que acercan a la gente desde las paradas de metro hasta sus casas. La dueña de la casa me dijo que siempre cobraban 20 bahts por viaje, unos 50 céntimos, así que decidí montarme en la moto de uno en una ocasión. Al llegar me cobró 40 bahts aún a pesar de replicarle siguió manteniendo dicha tarifa así que le pagué y decidí no volver a usar uno, aunque tuviera que andar por horas. Si lo piensas fríamente, solo has pagado 50 céntimos más, lo cual no te va a suponer mucho esfuerzo económico, pero si empiezas a concederte este tipo de licencias en estos países acabas con un agujero en la cartera en poco tiempo.

La primera noche quedé con Nastya, una bielorrusa con la que coincidí en mi último trabajo en la recepción de un hotel en Ámsterdam. Nastya es claramente hija de la Unión soviética, rubia de pelo largo y 1 metro 70 centímetros de estatura. Era su último día en Tailandia después de unas vacaciones de 10 días. Nastya había emigrado a Holanda hacía ya unos años junto con su madre y estudiaba mi misma carrera aunque en otra Universidad.  Nos habíamos caído bien desde el primer día. A toda persona a la que le caigo bien le profeso un profundo respeto ya que suelo mostrar indiferencia a la inmensa mayoría de la gente con la que me topo. El ser humano me resulta en muchos casos aburrido y me causa un tremendo sopor. Nastya tiene un marcado carácter del este, aspecto serio y en ocasiones hasta indiferente, pero es una persona muy divertida en cuanto tienes la oportunidad de conocerla. Pasamos media tarde buscando un bar en el que beber una cerveza. Yo no conocía la zona y parece que ella tampoco mucho. Eso hizo que anduviéramos como pollos sin cabeza durante varias horas. En todo caso, después de tomarnos un café en un centro comercial acabamos encontrando un bar donde bebimos varias cervezas, charlamos de su viaje y recordamos anécdotas del hotel.

Durante los primeros días me puse en contacto con Idear. Idear es una tailandesa que había conocido durante mi viaje a Vietnam del año anterior. Nos sentamos en asientos contiguos durante un tour que hice para visitar los Cu-Chi Tunnels y a pesar de la barrera del idioma (se hacía difícil seguir el hilo en muchas ocasiones) pasamos un buen rato y mantuvimos el contacto esporádicamente durante todo este tiempo. Idear es una persona extremadamente generosa, me consiguió las tarjetas tanto de metro como de Skyline (otro medio de transporte 
similar al metro que cruza la ciudad), me recomendó sitios para comer y me dio consejos sobre cómo moverme por la ciudad. Juntos visitamos una exposición al lado del Gran Palacio de Tailandia. Allí reposaban algunos de los regalos que había ido recibiendo el Rey de Tailandia hasta su reciente muerte. Me sorprendió el respeto y admiración con el que hablaba del fallecido Rey. Sabía de antemano que era muy querido, pero esto era fiel reflejo de la pasión que le tenía su gente. Cuando le pregunté qué cosas había hecho por el país y en que se diferenciaba de otros mandatarios no alcancé a entender ninguna de sus respuestas, supongo que en parte por la barrera idiomática, aunque quizá ni siquiera ella lo supiera muy bien. La opulencia de los artefactos que había en el interior llamaba la atención, no niego la belleza de todos ellos, pero es bastante cuestionable su necesidad, no obstante viniendo como vengo de la cuna de la corrupción es mejor callar y asentir. Había de todo en la exposición, cuadros enormes pintados a mano por más de 300 artistas, esculturas talladas al detalle y una cantidad ingente de tronos y otros accesorios donde el rey pudiera simplemente sentarse llenos de oro, brillante y piedras preciosas.

Hacia el final de la tarde aprovechamos para visitar el Chatuchak Market. Visita obligada para todo aquel que viaja a Bangkok. Soy bastante enemigo del consumismo pero lo cierto es que con la debida paciencia puedes encontrar verdaderas joyas en este mercado a precios escandalosamente bajos. Cuando nos cansamos nos sentamos en un pequeño bar del mercado donde un chef español (el Chef Fernando) acaparaba todas las miradas mientras cocinaba una paella enorme. Cerca de 50 personas le rodeaban haciéndose fotos con el como si fuera una estrella de Rock. Mientras, el chef Fernando, hombre de buen comer, hacía las delicias de todos enviando mensajes de paz y haciendo trucos de magia a los niños. Los españoles no podemos pasar desapercibidos en ningún lado.

Durante los días posteriores tuve la oportunidad de descubrir otro Bangkok. Tomé un speedboat por el río Chao Phraya (ver vídeoblog 2). En ocasiones tuve la sensación de que volcaríamos y visto la reacción del resto de ocupantes no era el único, pero fue una experiencia divertida. También visité la “granja de serpientes” (“Snake Farm”) donde asistí a la demostración de cómo defenderse de varios tipos de serpientes. La demostración fue tan realista que uno de los cuidadores fue mordido por una cobra in-situ. Restándole importancia otro de los empleados dijo algo así como esto mientras se reía: “Bueno, por suerte el hospital está justo aquí detrás, si no mi amigo tendría serios problemas” (Podéis ver el momento de la mordedura en el próximo videoblog 3).

Por supuesto, también tuve la oportunidad de disfrutar de la noche de Bangkok. Hay una cantidad inmensa de lugares que visitar por la noche y que ofrecen una oferta muy variada para todos los gustos. Con el tiempo me he vuelto más cómodo y suelo buscar lugares tranquilos a poder ser con música en vivo. Me encantó ver que había muchos lugares de este estilo en la ciudad. Un lugar que me llamó especialmente la atención fue el “Havana Social”. Es un lounge-bar ambientado en las típicas casas de la Havana. La recreación del lugar es espectacular. Sus paredes, decoración, ambiente y la música te transportan a la Cuba de la revolución. La entrada es una de las cosas más llamativas, una cabina de teléfono en la cual tienes que introducir un código secreto que te da un vendedor de perritos calientes que permanece al lado de la misma. Una vez dentro el local tiene 3 pisos en los que puedes disfrutar unos cocktails deliciosos, eso si, a unos precios excesivos. Dado mi bajo presupuesto me tomé uno, charlé con la manager, una venezolana muy simpática y me moví a otro lugar. No sin antes pasar por mi visita rutinaria al baño. Y me alegro mucho de haber ido porque es uno de los baños más curiosos donde he entrado. Quizá el aseo no es donde uno más se fija cuando va a un bar pero cuando echas tu meada y de fondo escuchas mensajes de Fidel y el Ché Guevara llamando a la revolución, y tienes la oportunidad de ver imágenes de esos momentos en cuadros colgados por la pared el propio aseo se convierte en un atractivo más del propio bar. Os parecerá raro pero algunas de las cosas más inverosímiles que me he encontrado o que me han pasado en mi vida han sido en aseos públicos así que a riesgo de ser un poco escatológico los baños me traen siempre un recuerdo cariñoso. Quizá tenga que ver con el hecho de que tenga una vejiga tan pequeña que por cada cerveza que bebo le hago 2 visitas al señor roca. Eso hace que pase media noche en los baños y sitúa los aseos como mi centro neurálgico de socialización nocturno.

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