De Bangkok a Phuket

Después de unos días relajados en Bangkok, dedicando mi tiempo casi por completo a la tesis y a diversos proyectos que tenía que acabar para la Universidad, comencé a preparar mi siguiente movimiento. Tras mi conversación con Nastya y una pequeña búsqueda por internet había seleccionado una serie de lugares de interés. Mi intención era la de evitar sitios extremadamente turísticos pero hay ciertos lugares que uno tiene que ver a pesar de correr el riesgo de encontrarse rodeado de ingleses borrachos o niños de papá disfrazados de hippies. En primer lugar había seleccionado como posibles destinos las islas Phi Phi, conocidas mundialmente desde que se rodó la película ¨La Playa¨, protagonizada por Leonardo Dicaprio, y la isla de Phuket. También había valorado la posibilidad de visitar Chiang Mai, pero ya que estaba al norte de Tailandia decidí posponerlo hasta mi visita a Laos, dado que la frontera estaba relativamente cerca (ahora me arrepiento ya que al final entre unas cosas y otras no fui). Finalmente decidí ir a Phuket y descansar durante una semanita en la playa para poder trabajar en la tesis, escribir en el blog y relajarme del bullicio de Bangkok. La distancia entre Bangkok y Phuket es grande, en torno a 12 horas en autobús así que decidí tomar un avión. No me costó mucho encontrar un vuelo barato. Por 760 Bahts (unos 19 euros) tomé un vuelo solo de ida a Phuket con la compañía Thai Lion Air. Era 22 de Noviembre y se cumplían 8 días desde mi llegada a Bangkok.

De nuevo utilicé Airbnb para encontrar un apartamento tranquilo en el que poder desconectar y huir del ajetreo turístico de los hoteles. Por 18 euros al día encontré una oferta inmejorable. Un estudio algo alejado de la zona de playas pero que incluía moto para poder moverse por la isla. El estudio se encontraba en una urbanización de nueva construcción y contaba con piscina y gimnasio. Sin duda parecía el lugar ideal para relajarme por unos días. Los dueños eran una amable pareja formada por una chica Thai llamada Tuk y su marido sudafricano Eric que habían huido del mundanal ruido de Bangkok y se habían hecho con varios departamentos en urbanizaciones de la isla que a su vez alquilaban por Airbnb. Con ello les daba para vivir, y según Eric de manera bastante holgada. Esta fue una de las mejores experiencias que tuve con Airbnb, me dieron muchísimos consejos y estuvieron siempre pendientes de mí. De hecho todavía mantengo el contacto y espero poder visitarlos de nuevo.

Como buen amante de las motos (he tenido una scooter durante una larga parte de mi vida) desde el primer día comencé a recorrer la isla y a perderme por lugares fascinantes de los que guardo un grato recuerdo. Comencé por visitar Pattong Beach, la playa más turística y masificada de Phuket. A continuación de esta playa se encuentra Bangla Road, templo de lujuria y perversión para los turistas que visitan la isla. Os contaré más detalles de Bangla Road en próximos episodios, cuando describa su marcha nocturna. Llegué a la playa alrededor de las 9 de la mañana. Apenas había dormido el día anterior ya que mi vuelo era muy temprano. Después de bajarme del avión, subirme en un mototaxi y hacer check-in en el apartamento decidí que no merecía la pena dormir así que agarré mi nueva moto abrí el google maps y me fui a dar un baño matinal a la playa. Lo cierto es que me esperaba mucha más gente, sin embargo se respiraba un ambiente muy tranquilo. Quizá se debiera a la hora del día o quizá a que no era temporada alta. En todo caso me di un buen chapuzón y me tiré rendido en la toalla donde me quedé plácidamente dormido durante unas horas.

Me desperté al cabo de un rato. Hacía un calor de mil demonios pero no era la temperatura lo que me había hecho abrir los ojos. Un joven italiano había decidido plantar su toalla justo al lado de una rubia alemana que intentaba tomar el sol tranquilamente. Después de darle la tabarra por un buen rato la pobre mujer tuvo que agarrar la toalla e irse caminando. El italiano no estaba dispuesto a aceptar tal rechazo así que lo ví caminando a su vera por un tiempo hasta que se perdieron en el horizonte. Volví a cerrar los ojos por un momento y de repente volví a escuchar la misma voz. El italiano volvía al ataque. En esta ocasión la víctima era una chica tailandesa que trataba de leer un libro mientras descansaba en la toalla. La escena se volvió tan bochornosa que me dieron verdaderas ganas de ir allí a decirle algo. Pero entonces se produjo una de las escenas más hilarantes del viaje. Un hombre que había estado viendo la actitud del chico italiano se acercó, posó su toalla al lado de la misma manera que él lo había hecho dos veces antes con ambas chicas y se quedó mirándolo fijamente. Al cabo de unos minutos el italiano se levantó y se marchó con la cabeza gacha. Fantástico. Al rato el hombre que había ahuyentado al italiano saludó a la muchacha y caminó hacia su lugar de origen. Al pasar a mi lado le dediqué una sonrisa y le di las gracias. Se marchó riendo. Me quedé pensando en el favor que le haría al mundo ese chico italiano si decidiera aventurarse y descubrir que se siente al saltar desde un barranco bien elevado. El mundo sería un lugar mejor sin esas sanguijuelas. Pensar en los sesos del italiano esparramados por un barranco me despertó las ganas de comer así que recogí los bártulos y recorrí los alrededores de la playa en busca de un restaurante asequible donde probar la gastronomía del lugar. Todavía eran las 3 de la tarde, aún tenía tiempo para darme una siesta y disfrutar de mi primera noche en el paraíso.

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