¿Qué ver y hacer en Phuket?

Mi etapa en tierras tailandesas llegaba a su fin. Si bien había todavía multitud de sitios interesantes que visitar sentía la necesidad de moverme a otro país para ver el contraste cultural. Habían pasado cerca de tres semanas, suficientes para haber podido visitar más lugares pero el trabajo en la tesis requería una estancia algo prolongada en los sitios que visitaba. De otro modo la calidad de la investigación que llevaba a cabo se vería afectada negativamente. Por suerte había terminado con la parte más laboriosa y podía dedicarme ahora en mayor medida a descubrir nuevos mundos por el continente asiático.

Todavía me quedaban tres días en Phuket antes de volver a la ruidosa capital así que decidí disfrutar de la isla al máximo. Recorrí sus playas y calles de arriba abajo con mi scooter. Dejé a un lado la turística playa de Pattong y me centré en visitar los paraísos más escondidos. Primero bajé al sur, destino Ao Sane Beach, una de las mejores playas de la isla para hacer buceo, alejada del bullicio de hoteles o bares y con unas aguas cristalinas. De ahí, seguí mi camino por la costa haciendo paradas en las playas de Nai Harn y Yanui Beach. Ambas muy tranquilas pero con inferior belleza que Ao Sane. Una vez llegué al extremo sur izquierdo de la isla, decidí volver hacia el norte y parar en Karon View Point a deleitarme con las maravillosas vistas que ofrece de la isla de Phuket. Es un sitio fantástico y muy aconsejable, sobre todo si os acercáis al atardecer. Los amantes de la fotografía tienen en Karon View Point una parada obligatoria. Después de disfrutar de un fabuloso Pad Thai en un restaurante a pie de carretera, me subí a la moto y seguí rumbo norte. Varios kilómetros después, me esperaba uno de los lugares donde más paz y mejor energía he recibido. Me refiero al Gran Buddha de Phuket. Una estatua inmensa de un Buddha sentado con las piernas cruzadas. La imagen del Buddha se extiende hacia el cielo y parece no tener fin. Situado en lo alto de una montaña, su silueta se erige robusta mirando atentamente al resto de la isla, como si de su guardián se tratase, el vigía de la isla. Dentro de la estatua, algunos monjes oraban y dedicaban preciosos cánticos a su dios. La parte interior estaba en obras y por tanto no había mucho que salientar, aún así, la ubicación del lugar y las vistas ofrecían un remanso de paz para los viajeros que llegaban a sus pies. Allí me quedé varias horas, hasta que la oscuridad hizo acto de presencia. No hay lugar para preocupaciones ni distracción posible en un templo como éste. El tiempo pierde su significado y uno se pierde en el éxtasis de vivir y de sentir.

Otro de los lugares que más me sorprendió fue el templo de Wat Chalong. Es cierto que, una vez visitado el Grand Palace de Bangkok, el resto de templos no causan tanta impresión, pero la sala llena de budas dorados es especialmente reseñable. Cada poco tiempo, un hombre se encargaba de romper la paz del lugar con una ristra de petardos que hacían que tu corazón se te saliese del pecho. Al parecer, esto se producía cada vez que un visitante contribuía con una dotación económica al susodicho monje. No estoy muy seguro de si esto formaba parte de una tradición o si consistía únicamente en generar un lucro pero por la buena apariencia del templo me decanto más por la segunda opción. Después de Wat Chalong, me acerqué a una zona poco transitada por los turistas pero de increíble belleza, el poblado de Rawai, más conocido como el poblado de los gitanos del mar. Una pequeña población costera habitada por pescadores locales. El pueblo ofrece unas vistas paradisíacas de la costa y una oferta gastronómica para chuparse los dedos. Me apresuré a comer en un pequeño chiringuito a pie de playa. Tras pedir consejo a la dueña me dispuse a degustar un pescado local que no acierto a recordar, pero que fue probablemente el mejor que he comido durante mi estancia en Tailandia. Las especias, el rebozado y el acompañamiento estaban deliciosos, incluso para alguien como yo, que tiene el listón muy alto cuando se trata de pescado o marisco. En cuanto al precio, a pesar de ser algo caro comparado con otros restaurantes de otros puntos de la isla, es aceptable. Si no recuerdo mal pagué cerca de 6 euros. Después de la comida y de un buen baño paseé un rato por el mercado, charlé un poco con los vendedores y volví a mi morada.

Mi último día en la isla visité Phuket Town, lo que viene siendo el casco viejo de Phuket. Hay varias tiendas interesantes que vale la pena visitar y un par de templos de acceso gratuito que también merecen especial atención. La parte negativa es que no hay apenas lugares donde comer algo decente, o al menos yo no los encontré. Cuando oscurecía aproveché para ver un concierto de rock en el Rockin´Angels, un garito de blues / rock con muy buen ambiente. Me tomé un par de cervezas, charlé con el barman un rato y me volví al condo.

Era mi última noche en la isla y me apetecía salir un poco así que me duché, agarré un taxi y bajé a Bangla Road. Como os había comentado en anteriores posts, Bangla Road es un lugar muy parecido a los Sois (nombre que reciben en Thai las callejuelas que cruzan las calles principales) de Bangkok donde sale la mayoría de la gente por la noche. La prostitución está muy presente por estas calles y en ocasiones es algo desesperante (salvo que sea eso lo que vayas buscando). Hombres occidentales entrados en años paseando con jovencitas tailandesas recién llegadas a la mayoría de edad (o ni eso). Éstas son escenas que se ven muy a menudo por estas calles. No obstante, también hay lugares interesantes que visitar y mucha música en directo. Ese día conocí a Erilou, una filipina muy simpática que trabajaba en Abu Dhabi. Estaba de vacaciones en Tailandia y era su último día en Phuket, al igual que yo. Estuvimos viendo un concierto y después nos dirigimos al mercado nocturno, una auténtica selva. Aproveché para comprarle una pipa de fumar a mi amigo Pablo, ya que me la había pedido en repetidas ocasiones antes del viaje. Tras un intento infructuoso de rebajar el precio acabé pagando 5 euros. Ya llevaba varias cervezas encima así que no me importó tanto desembolsar el dinero. Nunca hagáis negocios en estado de ebriedad, nunca traen nada bueno. Después nos dirigimos a un puesto de comida donde vendían productos tan apetecibles como escorpiones, larvas de gusano, saltamontes o arañas. Le pregunté en confianza al vendedor si realmente ellos comían esa basura o si era única y exclusivamente para los turistas. Una sonrisa bastó para responder mi pregunta. Aun sabiendo ese dato, Erilou me convenció para comprar una bolsita de saltamontes. Al fin y al cabo, después de tantos años tragando mierda en el trabajo era impensable que unos saltamontes fueran a sentarme mal. Lo cierto es que hasta tenían un regusto a marisco, como si te comieras un plato de camarones fritos con cáscara. Le pedí a Erilou que me los metiera en la boca mientras tenía los ojos cerrados. Así se hizo un poco más fácil su ingestión. Los saltamontes no supusieron demasiado valor energético para mi cuerpo así que nos fuimos a cenar a un restaurante Thai. Erilou me habló de su familia y de cómo había tenido que irse a Abu Dhabi para obtener un sueldo decente. El salario medio de un filipino en su país natal no llega a los 400 euros. Eri era una chica preparada, muy inteligente y con una capacidad asombrosa de superar situaciones complicadas. Venía de una familia humilde que se había gastado todos sus ahorros en su educación y la de su hermana mayor. Ahora ella tenía la oportunidad de devolverle ese esfuerzo con parte de su sueldo, que volaba a Filipinas cada primero de mes. También había padecido problemas de salud que lejos de hacerla desfallecer la habían impulsado a luchar por sus sueños todavía más. Después de una charla de dos horas, acabamos la noche bailando música latina con unos colombianos. Había sido la noche perfecta para concluir mi periplo por Phuket.

Ya entrada la mañana, era hora de retirarse, sin embargo los taxistas y conductores de tuk tuk trataban de hacer el negocio del día con los rezagados que quedábamos por la zona de fiesta. Finalmente y tras una dura negociación encontramos un motorista que nos llevó a los dos en su scooter por 6 euros. Tras quedarse la moto parada en 3 cuestas y un par de sustos en varias curvas llegamos a nuestro destino. Eran las 10 de la mañana y mi vuelo a Bangkok salía a las 6. Después, me esperaba el segundo de los países que visitaría en mi viaje, mi querido Vietnam. El lugar que había sembrado la semilla de este gran viaje justo un año atrás. Sólo quedaba dormir, empacar y echarse la mochila a la espalda. Lo mejor estaba aún por llegar.

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