¿Qué ver y hacer en Phuket?

Mi etapa en tierras tailandesas llegaba a su fin. Si bien había todavía multitud de sitios interesantes que visitar sentía la necesidad de moverme a otro país para ver el contraste cultural. Habían pasado cerca de tres semanas, suficientes para haber podido visitar más lugares pero el trabajo en la tesis requería una estancia algo prolongada en los sitios que visitaba. De otro modo la calidad de la investigación que llevaba a cabo se vería afectada negativamente. Por suerte había terminado con la parte más laboriosa y podía dedicarme ahora en mayor medida a descubrir nuevos mundos por el continente asiático.

Todavía me quedaban tres días en Phuket antes de volver a la ruidosa capital así que decidí disfrutar de la isla al máximo. Recorrí sus playas y calles de arriba abajo con mi scooter. Dejé a un lado la turística playa de Pattong y me centré en visitar los paraísos más escondidos. Primero bajé al sur, destino Ao Sane Beach, una de las mejores playas de la isla para hacer buceo, alejada del bullicio de hoteles o bares y con unas aguas cristalinas. De ahí, seguí mi camino por la costa haciendo paradas en las playas de Nai Harn y Yanui Beach. Ambas muy tranquilas pero con inferior belleza que Ao Sane. Una vez llegué al extremo sur izquierdo de la isla, decidí volver hacia el norte y parar en Karon View Point a deleitarme con las maravillosas vistas que ofrece de la isla de Phuket. Es un sitio fantástico y muy aconsejable, sobre todo si os acercáis al atardecer. Los amantes de la fotografía tienen en Karon View Point una parada obligatoria. Después de disfrutar de un fabuloso Pad Thai en un restaurante a pie de carretera, me subí a la moto y seguí rumbo norte. Varios kilómetros después, me esperaba uno de los lugares donde más paz y mejor energía he recibido. Me refiero al Gran Buddha de Phuket. Una estatua inmensa de un Buddha sentado con las piernas cruzadas. La imagen del Buddha se extiende hacia el cielo y parece no tener fin. Situado en lo alto de una montaña, su silueta se erige robusta mirando atentamente al resto de la isla, como si de su guardián se tratase, el vigía de la isla. Dentro de la estatua, algunos monjes oraban y dedicaban preciosos cánticos a su dios. La parte interior estaba en obras y por tanto no había mucho que salientar, aún así, la ubicación del lugar y las vistas ofrecían un remanso de paz para los viajeros que llegaban a sus pies. Allí me quedé varias horas, hasta que la oscuridad hizo acto de presencia. No hay lugar para preocupaciones ni distracción posible en un templo como éste. El tiempo pierde su significado y uno se pierde en el éxtasis de vivir y de sentir.

Otro de los lugares que más me sorprendió fue el templo de Wat Chalong. Es cierto que, una vez visitado el Grand Palace de Bangkok, el resto de templos no causan tanta impresión, pero la sala llena de budas dorados es especialmente reseñable. Cada poco tiempo, un hombre se encargaba de romper la paz del lugar con una ristra de petardos que hacían que tu corazón se te saliese del pecho. Al parecer, esto se producía cada vez que un visitante contribuía con una dotación económica al susodicho monje. No estoy muy seguro de si esto formaba parte de una tradición o si consistía únicamente en generar un lucro pero por la buena apariencia del templo me decanto más por la segunda opción. Después de Wat Chalong, me acerqué a una zona poco transitada por los turistas pero de increíble belleza, el poblado de Rawai, más conocido como el poblado de los gitanos del mar. Una pequeña población costera habitada por pescadores locales. El pueblo ofrece unas vistas paradisíacas de la costa y una oferta gastronómica para chuparse los dedos. Me apresuré a comer en un pequeño chiringuito a pie de playa. Tras pedir consejo a la dueña me dispuse a degustar un pescado local que no acierto a recordar, pero que fue probablemente el mejor que he comido durante mi estancia en Tailandia. Las especias, el rebozado y el acompañamiento estaban deliciosos, incluso para alguien como yo, que tiene el listón muy alto cuando se trata de pescado o marisco. En cuanto al precio, a pesar de ser algo caro comparado con otros restaurantes de otros puntos de la isla, es aceptable. Si no recuerdo mal pagué cerca de 6 euros. Después de la comida y de un buen baño paseé un rato por el mercado, charlé un poco con los vendedores y volví a mi morada.

Mi último día en la isla visité Phuket Town, lo que viene siendo el casco viejo de Phuket. Hay varias tiendas interesantes que vale la pena visitar y un par de templos de acceso gratuito que también merecen especial atención. La parte negativa es que no hay apenas lugares donde comer algo decente, o al menos yo no los encontré. Cuando oscurecía aproveché para ver un concierto de rock en el Rockin´Angels, un garito de blues / rock con muy buen ambiente. Me tomé un par de cervezas, charlé con el barman un rato y me volví al condo.

Era mi última noche en la isla y me apetecía salir un poco así que me duché, agarré un taxi y bajé a Bangla Road. Como os había comentado en anteriores posts, Bangla Road es un lugar muy parecido a los Sois (nombre que reciben en Thai las callejuelas que cruzan las calles principales) de Bangkok donde sale la mayoría de la gente por la noche. La prostitución está muy presente por estas calles y en ocasiones es algo desesperante (salvo que sea eso lo que vayas buscando). Hombres occidentales entrados en años paseando con jovencitas tailandesas recién llegadas a la mayoría de edad (o ni eso). Éstas son escenas que se ven muy a menudo por estas calles. No obstante, también hay lugares interesantes que visitar y mucha música en directo. Ese día conocí a Erilou, una filipina muy simpática que trabajaba en Abu Dhabi. Estaba de vacaciones en Tailandia y era su último día en Phuket, al igual que yo. Estuvimos viendo un concierto y después nos dirigimos al mercado nocturno, una auténtica selva. Aproveché para comprarle una pipa de fumar a mi amigo Pablo, ya que me la había pedido en repetidas ocasiones antes del viaje. Tras un intento infructuoso de rebajar el precio acabé pagando 5 euros. Ya llevaba varias cervezas encima así que no me importó tanto desembolsar el dinero. Nunca hagáis negocios en estado de ebriedad, nunca traen nada bueno. Después nos dirigimos a un puesto de comida donde vendían productos tan apetecibles como escorpiones, larvas de gusano, saltamontes o arañas. Le pregunté en confianza al vendedor si realmente ellos comían esa basura o si era única y exclusivamente para los turistas. Una sonrisa bastó para responder mi pregunta. Aun sabiendo ese dato, Erilou me convenció para comprar una bolsita de saltamontes. Al fin y al cabo, después de tantos años tragando mierda en el trabajo era impensable que unos saltamontes fueran a sentarme mal. Lo cierto es que hasta tenían un regusto a marisco, como si te comieras un plato de camarones fritos con cáscara. Le pedí a Erilou que me los metiera en la boca mientras tenía los ojos cerrados. Así se hizo un poco más fácil su ingestión. Los saltamontes no supusieron demasiado valor energético para mi cuerpo así que nos fuimos a cenar a un restaurante Thai. Erilou me habló de su familia y de cómo había tenido que irse a Abu Dhabi para obtener un sueldo decente. El salario medio de un filipino en su país natal no llega a los 400 euros. Eri era una chica preparada, muy inteligente y con una capacidad asombrosa de superar situaciones complicadas. Venía de una familia humilde que se había gastado todos sus ahorros en su educación y la de su hermana mayor. Ahora ella tenía la oportunidad de devolverle ese esfuerzo con parte de su sueldo, que volaba a Filipinas cada primero de mes. También había padecido problemas de salud que lejos de hacerla desfallecer la habían impulsado a luchar por sus sueños todavía más. Después de una charla de dos horas, acabamos la noche bailando música latina con unos colombianos. Había sido la noche perfecta para concluir mi periplo por Phuket.

Ya entrada la mañana, era hora de retirarse, sin embargo los taxistas y conductores de tuk tuk trataban de hacer el negocio del día con los rezagados que quedábamos por la zona de fiesta. Finalmente y tras una dura negociación encontramos un motorista que nos llevó a los dos en su scooter por 6 euros. Tras quedarse la moto parada en 3 cuestas y un par de sustos en varias curvas llegamos a nuestro destino. Eran las 10 de la mañana y mi vuelo a Bangkok salía a las 6. Después, me esperaba el segundo de los países que visitaría en mi viaje, mi querido Vietnam. El lugar que había sembrado la semilla de este gran viaje justo un año atrás. Sólo quedaba dormir, empacar y echarse la mochila a la espalda. Lo mejor estaba aún por llegar.

De Bangkok a Phuket

Después de unos días relajados en Bangkok, dedicando mi tiempo casi por completo a la tesis y a diversos proyectos que tenía que acabar para la Universidad, comencé a preparar mi siguiente movimiento. Tras mi conversación con Nastya y una pequeña búsqueda por internet había seleccionado una serie de lugares de interés. Mi intención era la de evitar sitios extremadamente turísticos pero hay ciertos lugares que uno tiene que ver a pesar de correr el riesgo de encontrarse rodeado de ingleses borrachos o niños de papá disfrazados de hippies. En primer lugar había seleccionado como posibles destinos las islas Phi Phi, conocidas mundialmente desde que se rodó la película ¨La Playa¨, protagonizada por Leonardo Dicaprio, y la isla de Phuket. También había valorado la posibilidad de visitar Chiang Mai, pero ya que estaba al norte de Tailandia decidí posponerlo hasta mi visita a Laos, dado que la frontera estaba relativamente cerca (ahora me arrepiento ya que al final entre unas cosas y otras no fui). Finalmente decidí ir a Phuket y descansar durante una semanita en la playa para poder trabajar en la tesis, escribir en el blog y relajarme del bullicio de Bangkok. La distancia entre Bangkok y Phuket es grande, en torno a 12 horas en autobús así que decidí tomar un avión. No me costó mucho encontrar un vuelo barato. Por 760 Bahts (unos 19 euros) tomé un vuelo solo de ida a Phuket con la compañía Thai Lion Air. Era 22 de Noviembre y se cumplían 8 días desde mi llegada a Bangkok.

De nuevo utilicé Airbnb para encontrar un apartamento tranquilo en el que poder desconectar y huir del ajetreo turístico de los hoteles. Por 18 euros al día encontré una oferta inmejorable. Un estudio algo alejado de la zona de playas pero que incluía moto para poder moverse por la isla. El estudio se encontraba en una urbanización de nueva construcción y contaba con piscina y gimnasio. Sin duda parecía el lugar ideal para relajarme por unos días. Los dueños eran una amable pareja formada por una chica Thai llamada Tuk y su marido sudafricano Eric que habían huido del mundanal ruido de Bangkok y se habían hecho con varios departamentos en urbanizaciones de la isla que a su vez alquilaban por Airbnb. Con ello les daba para vivir, y según Eric de manera bastante holgada. Esta fue una de las mejores experiencias que tuve con Airbnb, me dieron muchísimos consejos y estuvieron siempre pendientes de mí. De hecho todavía mantengo el contacto y espero poder visitarlos de nuevo.

Como buen amante de las motos (he tenido una scooter durante una larga parte de mi vida) desde el primer día comencé a recorrer la isla y a perderme por lugares fascinantes de los que guardo un grato recuerdo. Comencé por visitar Pattong Beach, la playa más turística y masificada de Phuket. A continuación de esta playa se encuentra Bangla Road, templo de lujuria y perversión para los turistas que visitan la isla. Os contaré más detalles de Bangla Road en próximos episodios, cuando describa su marcha nocturna. Llegué a la playa alrededor de las 9 de la mañana. Apenas había dormido el día anterior ya que mi vuelo era muy temprano. Después de bajarme del avión, subirme en un mototaxi y hacer check-in en el apartamento decidí que no merecía la pena dormir así que agarré mi nueva moto abrí el google maps y me fui a dar un baño matinal a la playa. Lo cierto es que me esperaba mucha más gente, sin embargo se respiraba un ambiente muy tranquilo. Quizá se debiera a la hora del día o quizá a que no era temporada alta. En todo caso me di un buen chapuzón y me tiré rendido en la toalla donde me quedé plácidamente dormido durante unas horas.

Me desperté al cabo de un rato. Hacía un calor de mil demonios pero no era la temperatura lo que me había hecho abrir los ojos. Un joven italiano había decidido plantar su toalla justo al lado de una rubia alemana que intentaba tomar el sol tranquilamente. Después de darle la tabarra por un buen rato la pobre mujer tuvo que agarrar la toalla e irse caminando. El italiano no estaba dispuesto a aceptar tal rechazo así que lo ví caminando a su vera por un tiempo hasta que se perdieron en el horizonte. Volví a cerrar los ojos por un momento y de repente volví a escuchar la misma voz. El italiano volvía al ataque. En esta ocasión la víctima era una chica tailandesa que trataba de leer un libro mientras descansaba en la toalla. La escena se volvió tan bochornosa que me dieron verdaderas ganas de ir allí a decirle algo. Pero entonces se produjo una de las escenas más hilarantes del viaje. Un hombre que había estado viendo la actitud del chico italiano se acercó, posó su toalla al lado de la misma manera que él lo había hecho dos veces antes con ambas chicas y se quedó mirándolo fijamente. Al cabo de unos minutos el italiano se levantó y se marchó con la cabeza gacha. Fantástico. Al rato el hombre que había ahuyentado al italiano saludó a la muchacha y caminó hacia su lugar de origen. Al pasar a mi lado le dediqué una sonrisa y le di las gracias. Se marchó riendo. Me quedé pensando en el favor que le haría al mundo ese chico italiano si decidiera aventurarse y descubrir que se siente al saltar desde un barranco bien elevado. El mundo sería un lugar mejor sin esas sanguijuelas. Pensar en los sesos del italiano esparramados por un barranco me despertó las ganas de comer así que recogí los bártulos y recorrí los alrededores de la playa en busca de un restaurante asequible donde probar la gastronomía del lugar. Todavía eran las 3 de la tarde, aún tenía tiempo para darme una siesta y disfrutar de mi primera noche en el paraíso.

Primeros Días en Bangkok

Había alquilado un apartamento algo alejado del centro. Cerca del Chatuchak Market, el mercado más grande de Tailandia y uno de los más grandes del mundo. Llegar allí suponía agarrar el metro y andar unos 20 minutos o bien usar uno de los muchos motoristas que acercan a la gente desde las paradas de metro hasta sus casas. La dueña de la casa me dijo que siempre cobraban 20 bahts por viaje, unos 50 céntimos, así que decidí montarme en la moto de uno en una ocasión. Al llegar me cobró 40 bahts aún a pesar de replicarle siguió manteniendo dicha tarifa así que le pagué y decidí no volver a usar uno, aunque tuviera que andar por horas. Si lo piensas fríamente, solo has pagado 50 céntimos más, lo cual no te va a suponer mucho esfuerzo económico, pero si empiezas a concederte este tipo de licencias en estos países acabas con un agujero en la cartera en poco tiempo.

La primera noche quedé con Nastya, una bielorrusa con la que coincidí en mi último trabajo en la recepción de un hotel en Ámsterdam. Nastya es claramente hija de la Unión soviética, rubia de pelo largo y 1 metro 70 centímetros de estatura. Era su último día en Tailandia después de unas vacaciones de 10 días. Nastya había emigrado a Holanda hacía ya unos años junto con su madre y estudiaba mi misma carrera aunque en otra Universidad.  Nos habíamos caído bien desde el primer día. A toda persona a la que le caigo bien le profeso un profundo respeto ya que suelo mostrar indiferencia a la inmensa mayoría de la gente con la que me topo. El ser humano me resulta en muchos casos aburrido y me causa un tremendo sopor. Nastya tiene un marcado carácter del este, aspecto serio y en ocasiones hasta indiferente, pero es una persona muy divertida en cuanto tienes la oportunidad de conocerla. Pasamos media tarde buscando un bar en el que beber una cerveza. Yo no conocía la zona y parece que ella tampoco mucho. Eso hizo que anduviéramos como pollos sin cabeza durante varias horas. En todo caso, después de tomarnos un café en un centro comercial acabamos encontrando un bar donde bebimos varias cervezas, charlamos de su viaje y recordamos anécdotas del hotel.

Durante los primeros días me puse en contacto con Idear. Idear es una tailandesa que había conocido durante mi viaje a Vietnam del año anterior. Nos sentamos en asientos contiguos durante un tour que hice para visitar los Cu-Chi Tunnels y a pesar de la barrera del idioma (se hacía difícil seguir el hilo en muchas ocasiones) pasamos un buen rato y mantuvimos el contacto esporádicamente durante todo este tiempo. Idear es una persona extremadamente generosa, me consiguió las tarjetas tanto de metro como de Skyline (otro medio de transporte 
similar al metro que cruza la ciudad), me recomendó sitios para comer y me dio consejos sobre cómo moverme por la ciudad. Juntos visitamos una exposición al lado del Gran Palacio de Tailandia. Allí reposaban algunos de los regalos que había ido recibiendo el Rey de Tailandia hasta su reciente muerte. Me sorprendió el respeto y admiración con el que hablaba del fallecido Rey. Sabía de antemano que era muy querido, pero esto era fiel reflejo de la pasión que le tenía su gente. Cuando le pregunté qué cosas había hecho por el país y en que se diferenciaba de otros mandatarios no alcancé a entender ninguna de sus respuestas, supongo que en parte por la barrera idiomática, aunque quizá ni siquiera ella lo supiera muy bien. La opulencia de los artefactos que había en el interior llamaba la atención, no niego la belleza de todos ellos, pero es bastante cuestionable su necesidad, no obstante viniendo como vengo de la cuna de la corrupción es mejor callar y asentir. Había de todo en la exposición, cuadros enormes pintados a mano por más de 300 artistas, esculturas talladas al detalle y una cantidad ingente de tronos y otros accesorios donde el rey pudiera simplemente sentarse llenos de oro, brillante y piedras preciosas.

Hacia el final de la tarde aprovechamos para visitar el Chatuchak Market. Visita obligada para todo aquel que viaja a Bangkok. Soy bastante enemigo del consumismo pero lo cierto es que con la debida paciencia puedes encontrar verdaderas joyas en este mercado a precios escandalosamente bajos. Cuando nos cansamos nos sentamos en un pequeño bar del mercado donde un chef español (el Chef Fernando) acaparaba todas las miradas mientras cocinaba una paella enorme. Cerca de 50 personas le rodeaban haciéndose fotos con el como si fuera una estrella de Rock. Mientras, el chef Fernando, hombre de buen comer, hacía las delicias de todos enviando mensajes de paz y haciendo trucos de magia a los niños. Los españoles no podemos pasar desapercibidos en ningún lado.

Durante los días posteriores tuve la oportunidad de descubrir otro Bangkok. Tomé un speedboat por el río Chao Phraya (ver vídeoblog 2). En ocasiones tuve la sensación de que volcaríamos y visto la reacción del resto de ocupantes no era el único, pero fue una experiencia divertida. También visité la “granja de serpientes” (“Snake Farm”) donde asistí a la demostración de cómo defenderse de varios tipos de serpientes. La demostración fue tan realista que uno de los cuidadores fue mordido por una cobra in-situ. Restándole importancia otro de los empleados dijo algo así como esto mientras se reía: “Bueno, por suerte el hospital está justo aquí detrás, si no mi amigo tendría serios problemas” (Podéis ver el momento de la mordedura en el próximo videoblog 3).

Por supuesto, también tuve la oportunidad de disfrutar de la noche de Bangkok. Hay una cantidad inmensa de lugares que visitar por la noche y que ofrecen una oferta muy variada para todos los gustos. Con el tiempo me he vuelto más cómodo y suelo buscar lugares tranquilos a poder ser con música en vivo. Me encantó ver que había muchos lugares de este estilo en la ciudad. Un lugar que me llamó especialmente la atención fue el “Havana Social”. Es un lounge-bar ambientado en las típicas casas de la Havana. La recreación del lugar es espectacular. Sus paredes, decoración, ambiente y la música te transportan a la Cuba de la revolución. La entrada es una de las cosas más llamativas, una cabina de teléfono en la cual tienes que introducir un código secreto que te da un vendedor de perritos calientes que permanece al lado de la misma. Una vez dentro el local tiene 3 pisos en los que puedes disfrutar unos cocktails deliciosos, eso si, a unos precios excesivos. Dado mi bajo presupuesto me tomé uno, charlé con la manager, una venezolana muy simpática y me moví a otro lugar. No sin antes pasar por mi visita rutinaria al baño. Y me alegro mucho de haber ido porque es uno de los baños más curiosos donde he entrado. Quizá el aseo no es donde uno más se fija cuando va a un bar pero cuando echas tu meada y de fondo escuchas mensajes de Fidel y el Ché Guevara llamando a la revolución, y tienes la oportunidad de ver imágenes de esos momentos en cuadros colgados por la pared el propio aseo se convierte en un atractivo más del propio bar. Os parecerá raro pero algunas de las cosas más inverosímiles que me he encontrado o que me han pasado en mi vida han sido en aseos públicos así que a riesgo de ser un poco escatológico los baños me traen siempre un recuerdo cariñoso. Quizá tenga que ver con el hecho de que tenga una vejiga tan pequeña que por cada cerveza que bebo le hago 2 visitas al señor roca. Eso hace que pase media noche en los baños y sitúa los aseos como mi centro neurálgico de socialización nocturno.

Adiós Holanda, Asia me Espera

Bajaba en el ascensor cargado con una mochila grande en mi espalda. En ella llevaba camisetas, pantalones, calzoncillos y calcetines. Lo básico para subsistir durante un periodo corto de tiempo. Colgando de mi pecho otra mochila de menores dimensiones donde guardaba mis cámaras, e-reader y un libro de poemas de Pablo Neruda que me había regalado mi tía cuando vivía en Estados Unidos. Hacía ya más de 10 años que había recibido ese libro, sin embargo no había podido dedicarle la atención necesaria aún y al empacar todo sentí la necesidad de llevármelo conmigo. Quizá no solo fuera por el libro en sí, sino también por el componente sentimental que tenía. Quizá solo quería llevarme un pedacito de mi familia conmigo.

En el ascensor bajaban 4 personas más, entre ellos un matrimonio holandés de avanzada edad. Al entrar mascullaron algo en holandés pero yo llevaba los cascos puestos así que no presté mucha atención, al fin y al cabo mi holandés se reducía a “buenos días”, “gracias”, “una cerveza, por favor” y poco más. Tras cinco años en Holanda mi nivel de holandés podía haber sido sumamente mejor pero nunca llegué a sentir que me quedaría allí demasiado tiempo así que preferí usar mi tiempo en sacarme una carrera que cursé en inglés y en trabajar para poder mantenerme. Solo podía oír por uno de los cascos así que pude escuchar al señor mascullando de nuevo.

-Creo que no habla holandés.

Levanté la mirada y asentí.

-Solo inglés, no hablo holandés.

-Oh vaya, entiendo. Cuantos días has estado en Ámsterdam? –Preguntó el señor creyendo que estaba de vacaciones.

-5 años –le dije-. De hecho, hoy es mi último día.

Ambos me miraron sorprendidos y me contestaron

-5 años y no hablas nada de holandés??…, eso es…

En este momento hicieron una pausa, imagino que buscando la palabra adecuada.

-Inaceptable-. Concluyó el señor de manera tajante.

Yo lo miré y esbozando una sonrisa le contesté.

-Pues tiene que ser aceptable, porque llevo 5 años viviendo aquí y nadie me ha echado todavía.

Ambos se quedaron callados y al abrirse el ascensor me desearon buenos días.

Esta situación podría resumir a la perfección mi relación con la comunidad holandesa durante mi periplo en Ámsterdam. Si conocéis a alguien que haya vivido en Holanda por un tiempo seguro que os dirán que los holandeses son en general gente muy directa, que no tiene pelos en la lengua y que son uno de los pueblos más tolerantes que hay. Desgraciadamente, a mi modo de ver la línea entre ser directo y ofensivo es traspasada a menudo y la tolerancia nace de una situación de superioridad, es decir, para que alguien sea tolerado tiene que haber otra parte que tolere, y que por tanto se mantenga en una situación de superioridad manifiesta. El holandés, por norma general, contará contigo, te preguntará, te escuchará, pero a la hora de tomar la decisión final, hará lo que le salga de los huevos. Con esto no quiero decir que no tengan cosas buenas. El país posee una de las mejores economías del planeta, los espacios públicos están muy cuidados, el estado de bienestar funciona, o al menos funciona mejor que en casi todos lados, apenas hay criminalidad y uno siente que sus impuestos sirven para algo. En cuanto a sus gentes no se puede negar su pragmatismo, se amoldan a toda situación con una facilidad que llama la atención y son bastante coherentes con lo que dicen y hacen.

Pero basta ya de hablar de Holanda, Bangkok estaba esperando y como acostumbro en mis viajes no había planeado ni donde me quedaría las primeras noches. La premura hizo que enviara dos solicitudes de alojamiento por Airbnb y como no podía ser de otra manera al llegar a Moscú, donde hacía escala mi vuelo, descubrí que ambos anfitriones habían aceptado mis solicitudes y me habían realizado los cobros correspondientes. No hay mejor manera de empezar un viaje que siendo generoso con sus gentes y regalando 130 euros a una familia Tailandesa pensé, aunque por si acaso envié un mensaje pidiendo la devolución, al menos parcial, de la reserva. Amablemente me enviaron a la mierda como yo había hecho con tantos otros cuando trabajaba en el hotel y recibía llamadas de clientes que se habían equivocado al hacer sus reservas no-reembolsables, karma supongo, unido a una buena dosis de idiotez por mi parte.

Durante el vuelo a Moscú, fletado por Aeroflot, iba entre una señora rusa con pinta de aristócrata y un holandés con pinta de… holandés. Justo delante de mi asiento viajaba una pareja, no tengo claro la nacionalidad del hombre pero la mujer era tailandesa y estaba visiblemente enferma. Desde el comienzo del vuelo estuvo vomitando en una de esas bolsas de plástico que te dan en el avión. Tosía, estornudaba y no paraba de moverse en su asiento. Ahí fue donde contemplé la amabilidad y bondad del pueblo ruso, cada persona que pasaba a su lado la miraba con desprecio, las azafatas le preguntaron en repetidas ocasiones si se trataba de una simple gripe o se había contagiado de algo en algún país que había visitado previamente y para finalizar la aristócrata se tapaba la boca con su fular para no contagiarse al tiempo que hacía aspavientos llamando a la azafata en cuanto el avión hubo despegado. Mi dominio del ruso es parecido al del holandés, pero me pareció entender que la señora consideraba “inaceptable” (aquí me vino a la mente mi vecino holandés) que le hicieran viajar con una persona enferma y que no quería contagiarse así que exigía un cambio de asiento. Al rato la azafata volvió y la aristócrata rusa se marchó con el mismo desdén que había mostrado durante el despegue. En el fondo yo lo agradecí porque aún a riesgo de contagiarme, viajar en el asiento del medio es absolutamente dramático. Además, de una gripe me podría curar en 3 días, pero la estupidez humana no tiene tratamiento y corría el riesgo de que se me pegara algo.

El vuelo llegó con retraso y el enlace que debía haber sido de una hora se convirtió en un bajarse de un avión y subir en otro. El segundo vuelo transcurrió sin mayores problemas. En este último vuelo conocí a Rodrigo, un español que viajaba a mi lado y con el que mantuve varias conversaciones durante la mayor parte del vuelo. Al parecer Rodrigo iba a Bangkok a realizar unas prácticas de 3 meses con Naciones Unidas. Curiosamente yo también tenía la idea de solicitar unas prácticas en la ONU, aunque en otro departamento, así que intercambiamos nuestros números de teléfonos para mantenernos en contacto. Lo absurdo de la situación es que durante todo el viaje hablamos en inglés, hasta que justo poco antes de aterrizar se giró y me dijo:

-¿Oye tu no serás español no?

El caso es que yo había intuido desde el primer momento que era español, pero por alguna extraña razón no le dije nada. No sabría explicaros porque, hago una cantidad ingente de estupideces al cabo del día, si tuviera que buscarles explicación a todas me volvería loco.

Finalmente el avión se paró, el bus del aeropuerto nos recogió y nos dejó en el interior del aeropuerto. Recogido el equipaje me despedí de Rodrigo y le deseé suerte en su nueva andadura. Ya solo quedaba pedir un taxi y conocer mi nuevo destino. Me bajé la aplicación GRAB, una app tipo Uber de uso muy frecuente en el sureste asiático. El taxi estaba cerca. Avancé hacia la puerta número 8 y el sensor de movimiento hizo que Bangkok abriera sus piernas ante un servidor. Ya podía oler lo que la ciudad me tenía preparado.